Una tarde visitando el tradicional Centro Comercial Chipichape 🚂🎬
Cuando uno camina hoy por Chipichape, con sus vitrinas y su aire fresco, cuesta imaginarse el ruido. Pero aquí hubo ruido de verdad, ruido de hierro contra hierro, de martillos, de vapor, de máquinas enormes que llegaban a que les arreglaran las entrañas. Este lugar fue durante décadas los talleres del Ferrocarril del Pacífico, la fábrica donde se revisaban y reparaban las locomotoras que unían a Cali con el resto del país y con el mar. Hay fotografías de archivo que lo muestran: una de 1930 con la tornamesa, ese círculo giratorio donde las locomotoras se acomodaban como fichas de dominó, y otra de 1954 de la casa redonda, donde las revisaban una a una. Hombres con overol, aceite hasta los codos, un tren en mantenimiento esperando su turno. Esa era la vida aquí.
Del nombre no se ponen de acuerdo ni los que saben. Unos dicen que "chipichape" es la onomatopeya de las locomotoras, el chipi-chape, chipi-chape del vapor saliendo. Otros cuentan que la palabra viene de mucho antes, de una hacienda que se llamaba así y de un asentamiento del cacique Petecuy, cuando por estas tierras no había rieles sino monte. Y la Real Academia, para complicar más el asunto, tiene la palabra emparentada con el golpe. Ruido, vapor, golpe: cualquiera de las tres sirve para hablar de lo que fue este sitio.
Después vino el cine, y esto sí es un dato que a mí me encanta. En 1982 se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Cartagena la película Tacones, dirigida por Pascual Guerrero y producida por IPCO Films, una película de salsa hecha en Cali, con Margarita Rosa de Francisco en el reparto y con la Feria de Cali de finales de 1981 como telón de fondo. Y una de sus escenas, la del ímpetu de la juventud, se grabó en los talleres de Ferrocarriles Nacionales en Chipichape, justo donde hoy está el centro comercial, con la música de Fruko y sus Tesos sonando de fondo. Piénsenlo bien: aquellos muchachos bailando y corriendo entre el óxido y los rieles, sin saber que treinta años después ese mismo suelo iba a tener escaleras eléctricas. La película quedó como un retrato de una Cali que ya no existe del todo, con sus rumbas, sus barrios y su manera de vivir la música como quien respira, y el taller de trenes fue uno de sus escenarios.
Pero los trenes se acabaron. A comienzos de los noventa el ferrocarril colombiano venía de capa caída, y los talleres se fueron vaciando. Se desocuparon en 1993, y solo en febrero de 1995 terminó el retiro definitivo. Nueve meses después, el lunes 17 de noviembre de 1995, un festivo, abrieron las puertas del centro comercial. Pensaron en un complejo urbano para la clase media alta de la ciudad, sobre el terreno donde antes se reparaban locomotoras al pie de la Cordillera Occidental, en la zona conocida como Ciudadela Chipichape. Cali se lo tragó entero, con cariño, y se apropió del sitio como se apropia de todo: llenándolo de gente, de música y de conversación.
Lo bonito es que no lo borraron todo. El centro comercial conserva parte de las construcciones originales de los talleres y de esa estética industrial, con sus espacios amplios y sus estructuras de otra época. Y en algún rincón, tranquila, sigue una locomotora, testigo mudo de los cambios. Ya le tocó ver de todo: los años del vapor, la rumba de Tacones, el cierre, las obras, los primeros compradores de aquel festivo del noventa y cinco. Y ahí sigue, con la paciencia de los objetos que saben más de lo que dicen.
Cuando la ciudad cumplió los treinta años del centro comercial, el Concejo de Cali le dio una exaltación de honor, y con razón: para varias generaciones de caleños, Chipichape es punto de cita, de primeras salidas, de domingos largos. Cada vez que paso por sus pasillos me gusta pensar que debajo de los pisos brillantes todavía se oyen, muy lejos, el vapor y el golpe de aquel chipi-chape que le dio el nombre al lugar.
¡Viva Cali, Chipichape y Yumbo! 🚂❤️